miércoles, 7 de julio de 2010

SME Ugal Armando Salgado Jiménez

Nombre: Ugal Armando Salgado Jiménez

Comienzo huelga de hambre: 30 de Abril

Puesto en LyFC: Ingeniero

Edad: 34 años

El nombre de Ugal se lo inventó su abuela, que pintaba y escribía con igual facilidad. Uno de sus cuentos lo tituló “Ugal el granjero”, y así fue como nieto y nombre se encontraron. Ni pinta, ni escribe, ni es granjero: Ugal es licenciado en ingeniería mecánica-eléctrica por la UNAM, un hombre serio y recto que ha manejado sin que le tiemble el pulso equipos de más de cien trabajadores para LyFC. Doce mil pesos (unos 700 euros) mensuales a cambio de responsabilizarse del bienestar de cien personas así como de sacar adelante las instalaciones, reconexiones e incidencias de un sinnúmero de usuarios. Electricistas fueron su padre y los hermanos de su madre, así como su abuelo materno, que murió electrocutado en el pozo de una subestación junto con su ayudante. Lo reconocieron gracias al anillo de boda. Ugal fue primero bodeguero para LyFC, y más tarde, tras acabar su licenciatura y aprobar su examen, pasó a formar parte del Grupo de Ingenieros. Fue entonces cuando sus jefes se convirtieron en sus empleados. Sin embargo, Ugal, el ingeniero, está también aquí, aguantándose el hambre y las tremendas ganas de irse a casa con su mujer y sus hijos.

Ha trabajado siete años para LyFC. Dice que poco antes del cierre tuvo como un presentimiento, un extraño sentimiento de que algo no iba bien. Ante mi asombro –porque asombra, qué duda cabe, oír hablar a un hombre serio y recto, como Ugal, ¡un ingeniero pues! de presentimientos- se apresura a explicar las bases mecánicas de su corazonada. De cómo LyFC firmó un convenio de productividad a finales de 2008, programa que la obligaba a ser más y más eficiente, para el que sin embargo los recursos nunca llegaban. Ugal, extrañado, sentía como la empresa era abocada al abismo por manos invisibles. Por un lado, se la obligaba a cumplir con férreos objetivos; por otro, el presupuesto se encogía a pasos agigantados. Y Ugal demandaba recursos que nunca llegaban para cumplir con unos objetivos que, de no cumplirse, podían dar pie a… ¿a qué? Corazonada que, sin embargo, no impidió a Ugal dejar cuarenta mil pesos (unos 2.500 euros) de enganche para una casa en Lomas Verdes. Casa y dinero se esfumaron el diez de octubre de 2009, junto con todos los derechos asociados: acceso a la seguridad social, derecho a la salud, derecho a soñar, también, que tal vez un día su hijo de apenas un mes podrá seguir la senda de su padre, de su abuelo y de su bisabuelo. O de que lo haga su hija, que ahora tiene tres años y que cada vez que viene a verlo lo agarra con su manita e intenta arrastrarlo a la salida de la carpa –ya vámonos, papá-.

Recuerda con nostalgia su trabajo. Le gusta trabajar para cumplir con las metas que él mismo se propone. Trabajó muy duro para reducir la corrupción en su departamento. Su meta: reconexiones en un día, nuevas conexiones en tres. Entre sus tareas se encontraba la de vigilar que sus trabajadores no retrasaran deliberadamente las nuevas instalaciones eléctricas para así poder cobrar mordidas. Afirma haber logrado su objetivo principal: nuevas conexiones en tres días, ni uno más. Sabe que otros departamentos no lo consiguieron, pero no pide perdón por ello: él sí cumplió. Sabe también que como ex trabajador de LyFC está boletinado. Ninguna empresa quiere contratarlo, ni siquiera para labores de intendencia. En el momento en que recursos humanos ve su historial del IMSS -sus siete años de trabajo para la LyFC- sabe que la entrevista ha terminado. Porque ninguna gran empresa quiere tener entre los suyos a un trabajador formado en derechos sociales y laborales. No vaya a ser que contamine al resto de trabajadores con sus pretensiones de justicia social. A eso mismo que algunos –los que mandan- le dicen privilegios.

Se halla anclado en un presente sin salida. No le está permitido avanzar, pero tampoco puede retroceder hacia aquellos tiempos en que comía con sus compañeros en la oficina, la comida traída de casa para ir ahorrando un dinerito para la soñada casita en Lomas Verdes. Como un fantasma pasan esas comidas fraternales ante sus ojos, las risas y las confidencias con sus compañeros. Y aunque nadie coma frente a los huelguistas, aunque se espante con cortesía pero con firmeza a los turistas –o no tan turistas- que se plantan ante la carpa a lamer sus helados de rompope, los huelguistas no pueden evitar las visiones –alucinaciones, casi- de vituallas sencillas, llenas ahora de un nuevo y magnífico significado. Un significado distinto para cada quién, un recuerdo de tiempos mejores en los que el futuro existía más allá de resistir un día más.

Cuarenta días, o veinte quilos, dice Ugal con la misma determinación que cuando se proponía reducir los tiempos de instalación de su departamento. Es su nueva meta. Al contrario que otros de sus compañeros las esperanzas del ingeniero Ugal viven en el límite de lo concreto, y guarda la razonable esperanza de que sea posible acortar los eternos tiempos jurídicos para conocer el recurso del patrón sustituto, o dicho de otra forma, que todos los trabajadores de LyFC sean traspasados a la CFE junto con la empresa. Pero mientras desglosa los tecnicismos jurídicos con los que ha tenido que familiarizarse me va mostrando las láminas ilustradas de un libro: mira, esto es Reforma iluminada por primera vez, esos son los diseños de las nuevas farolas, que imitan a las antiguas, esto es la historia de un poderoso sindicato que luchó para que los derechos sociales no fueran considerados un privilegio. No digas “luchó”, me corrige educadamente, disculpando mi error. Di mejor que lucha.

Publicado por altea gomez en 10:04



Ugal disfrazado de monje frente a su "estudio de comunicaciones", en la Carpa 3, 1 de Julio de 2010


Se fue Ugal. Lo conocí el sábado 22 de mayo. Él andaba entonces por los veinte días de huelga de hambre y se veía aún saludable. Con el tiempo, aprendí a conocerlo mejor. Durante cuarenta días, yo continué yendo al campamento. Él seguía allí. Su rostro cambió: parecía más joven, y también más frágil. Aprendió a tuitear y se convirtió en un referente en las redes sociales. El huelguista de hambre que tuiteaba desde el Zócalo, en vivo y en directo para el mundo. La tarea lo absorbía y lo motivaba. Tal vez –pienso ahora- ha sido su tarea vital de comunicador la que le ha dado las fuerzas para continuar su huelga. Su deseo por informar. Poco a poco, se armó su pequeño estudio de comunicaciones en la carpa: juntó una mesa, una laptop y unos cascos. Siempre fue un bromista. Incluso hoy, cuando no pudo soportar más el dolor, se permitió despedirse con una broma. Ahora regresa a casa con su esposa y sus hijos. Superó con creces su objetivo: 20 kilos o 40 días. Cumplió 62 días.

Tal vez no debería contaros nada de esto. Y sin embargo, su partida me quiebra a mí también un poco. Con él no sólo se va un amigo –y uno de los huelguistas que conocí en los primeros días de la huelga- sino también el enlace de la carpa con el mundo. La carpa de huelguistas está ciega y sorda ahora hasta que otra persona retome el lugar de Ugal. Y yo resiento su ceguera. Me había acostumbrado tal vez al vínculo invisible que suponía la presencia de Ugal. Él tomaba fotos, contaba cosas, respondía a preguntas. Sé que en los últimos días Ugal andaba preocupado. No podía evitar preguntarse qué ocurriría con esa comunicación si él tenía que irse. Tampoco podía evitar pensar en cómo sería su salida. ¿Quién la reportaría, si él era el reportero? ¿Saldría él en silencio?¿No habría nadie para despedirlo a él?

En esto último, Ugal se equivocó. Él reportó su propia salida. Yo no tenía conexión a internet en ese momento. Y sin embargo, alguien se apiadó de mi ceguera y me mandó el mensaje por vías más convencionales. Que Ugal se va, me dijeron. Nos dejaron sin comunicación con la carpa, pero aún así el mensaje llegó. Hay otras vías, otras maneras. La carpa no está todavía ciega y sorda mientras quede gente que quiera saber qué ocurre. Y quedan muchos. Miles, a juzgar por la multitudinaria presencia en la marcha de esta tarde, 1 de julio.

Y me pregunto ¿Cómo será ahora su vida? ¿Lo volveré a ver? ¿Quién hará sonar ahora el himno de los electricistas, la tarea que siempre fue de Ugal? ¿Qué habrá sido de la rosa que alguien le trajo para decorar su escritorio portátil? ¿Habrá acabado de ver la película de El Violín? ¿Soportarán Richard y Rafa, sus compañeros de carpa, el vacío que deja Ugal tras de sí? Respiro tranquila, porque él está a salvo, y oculto una lágrima, porque lo echaré de menos. Aunque tal vez, con su extraño vínculo a través de internet, Ugal sea, precisamente, la única persona que no se irá nunca del todo de la carpa…

jueves, 1 de julio de 2010

Mensaje AMLO 28 de junio del 2010


Una pequeña semblanza del gran escritor y extraordinario humanista Carlos Monsiváis: AMLO


Mensaje AMLO 28 de junio del 2010

http://www.youtube.com/watch?v=S9C08zlMn9Q

El Presidente nos cuenta de su relación con Carlos Monsivais, con algunas anécdotas nos platica como contribuyó siempre con las causas sociales de México, por ejemplo la defensa del petróleo en 2008.
Muy interesante video, como siempre.

28 de juino, su cuerpo ya no resistió!


Esta entrevista fué realizada el 25 de mayo, ella estuvo hasta el día 28 de juino, su cuerpo ya no resistió, estaba muy débil, aunque su alma se quedó en el zócalo.

martes 25 de mayo de 2010

Isa - día 31
Nombre: María Isabel de la Rosa López

En huelga desde: 3 de Mayo

Edad: 26 años

Puesto en LyFC: Oficinistas varios


Sus compañeras la llaman Isa. Es una de las huelguistas de hambre más jóvenes que habitan bajo esta carpa. Tiene mi misma edad, y estudió, como yo, Comunicación y Periodismo. Tendrán que perdonarme, pues, si siento por ella una empatía injustificada. Es soltera, católica y vive con su madre: al contrario que el resto de huelguistas con los que he tenido el privilegio de hablar, ella no lucha por dejarle un futuro mejor a sus hijos –al menos, no literalmente, pues no los tiene-. Tampoco está aquí porque le guste la aventura o ansíe vivir nuevas experiencias. Al contrario, Isa es un remanso de paz y de calma. La verdad es que ella sólo quería una vida tranquila. Imaginaba su vida futura con un marido, hijos, una casa y una jubilación digna con la que enfrentarse sin miedo a la temible vejez, esa vejez que los mexicanos tanto temen, porque se saben débiles y desprotegidos de antemano, y ya voy viendo que tal vez lo que más temen –aunque no lo digan- es verse vendiendo chicles en cualquier esquina.

Confieso que se me hace extraño oír hablar así –así: de hijos, marido, casa y jubilación- a alguien de mi edad y profesión. Se me hace extraño que Isa no desee aventuras, nuevos trabajos y experiencias, que no abrace la inseguridad laboral como forma de vida y que la precariedad no sea su bandera. Tal vez porque yo no he tenido ni tendré nunca la oportunidad que ella tuvo de imaginarse una vida sin sobresaltos. Tal vez es simple envidia o incomprensión por mi parte, no lo sé. Al fin y al cabo, mi padre no trabajó en LyFC: el suyo sí. Mi padre no me dejó la oportunidad de entrar en una gran empresa de la que estar orgullosa, una empresa que me ayudara y me cobijara del violento mundo exterior: el suyo sí. Los trabajadores de LyFC despiertan ahora al pavor de quedarse desnudos y sin derechos en una partida donde empezaron con una ventaja duramente ganada y donde ahora se ven de golpe relegados al último lugar del tablero –no en vano están boletinados: ninguna empresa quiere contratarlos-. Ellos, que vivieron tantos años pobres pero confiados, ven como su sueño de ser clase media se rompe en pedazos por una realidad demasiado violenta. Y como en el cuento de los cangrejos, aún se ven jalados hacia el fondo de la cubeta, allí donde viven los que nunca disfrutaron del sueño de una vida un poco más amable.

Isa lleva siete años trabajando en LyFC como oficinista.
En su departamento manejan la elaboración de horarios de vacaciones, incapacidades y otras incidencias. Desglosa con calma los tiempos de vacaciones de los trabajadores de LyFC: tres días el primer año, siete el segundo, y así, aumentando progresivamente, hasta alcanzar un máximo de veintiocho tras más de veinte años en la empresa. Un máximo de veintiocho días al año: dos menos que el mínimo reglamentario en España. Dijeron que eran privilegiados, huevones y rateros. Al oírlo, Isa lloró: no lo entendía. Tal vez no se habría imaginado nunca, como universitaria de la UNAM que es, culta e informada sobre las nuevas tendencias, que algún día sería ella quien volantearía en las marchas de protesta, que sobre ella –y no sobre un extraño que no nos importa, alguien cualquiera: el otro- recaerían los insultos o la hiriente indiferencia de la gente que pasa. Despertó al mundo de los adultos y de las responsabilidades con la muerte de su padre, hace cuatro años. Imaginó tal vez que no habría dolor más grande que ese, pero se equivocaba. Todavía quedaba el despertar a la injusticia, al pisoteo, a la humillación, a una indiferencia que nunca imaginó para ella.

Vapuleada por los mismos medios de información en los que ella se había formado y para los que había trabajado, desposeída de repente de toda seguridad o certidumbre, con la familia en pleno –hermana, cuñado y hermano- repentinamente sin trabajo ni posibilidades de hallar uno nuevo, Isa regresó entonces a las memorias de su padre. Recordó su infancia extremadamente feliz, los principios de honestidad en los que había sido educada, las luchas en las que su padre había participado para dejarle un futuro mejor a sus hijos, la educación, que fue su única herencia, todo aquello invisible e impalpable que su padre luchó por dejarle. Y entonces vino aquí, a defender lo que no solo es de LyFC, sino de todo su país. Porque dice que el gobierno está vendiendo lo que no les pertenece. Pero también viene a defender algo que le pertenece solo a ella: no su trabajo, sino sus recuerdos y sus principios, todo lo que le hace ser quien es.

Publicado por altea gomez en 10:15